Eran las once de la noche, pero parecía de día. La calle estaba llena de gente corriendo. El coche de la Guardia Civil seguía llamando a los vecinos para que se pusiesen a salvo del incendio. Todos chillaban, preguntaban, pero nadie respondía.
Nosotros también corríamos, pero nadie se había dado cuenta de quién faltaba.
─ Mamá ─ grité ─ falta Copito.
─ Mariña, los gatos saben cuidar de sí mismos, vamos, no te entretengas ─ gritó mi padre.
─ El hada del bosque le protegerá ─ dijo mi abuelo.

